2020 fue el año de la infodemia. En 2020 descubrimos que no solo pueden enfermar las personas. Los virus también afectan a la información y sus consecuencias. En ocasiones, pueden ser las mismas: la muerte.

En enero se empezaron a conocer los primeros casos del nuevo coronavirus. Y el 11 de marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba oficialmente la covid-19 como una “pandemia”.

Semanas antes, la organización ya había advertido de la existencia de una “infodemia” o sobreabundancia de información, rigurosa y falsa, sobre esta nueva enfermedad.

Este atracón informativo, sobre todo cuando incluía rumores y mensajes falsos viralizados, ha tenido efectos secundarios muy peligrosos. Entre ellos la polarización social, el debilitamiento de las democracias o el desafío a la legalidad.

Si la sociedad ha enfermado, la salud pública sufrió el golpe más directo de la desinformación.

En los primeros meses de la pandemia, dos hombres fueron atendidos en Catar tras ingerir gel hidroalcohólico. En India, 12 personas enfermaron por beber licor hecho con semillas de estramonio. Esta es una planta tóxica a la que un vídeo publicado en redes sociales concedía la milagrosa capacidad de inmunizar contra la covid-19.

Peor fue el rumor acerca de que el consumo de metanol podía desinfectar el cuerpo y aniquilar el virus. Al menos 800 personas murieron tras consumirlo en Irán y otros países.

En aquellos días, el presidente de EEUU, Donald Trump, sugería que inyectar desinfectante en pacientes sería un remedio contra la covid.

Más allá de la muerte, son evidentes – aunque difíciles de medir – los daños que sobre la salud y la sociedad están provocando contenidos falsos como estos:

La pandemia no es una mentira

Pseudocientíficos, conspiranoicos y grupos negacionistas intentaron asentar la creencia de que vivimos una “plandemia”. Es decir, un engaño orquestado por unas élites globales como instrumento para controlar a la población.

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Al hacer estas afirmaciones, obvian que la propia OMS declaró la existencia de una pandemia. O que instituciones sanitarias, gubernamentales y académicas y medios de comunicación independientes de todo el mundo informan a diario de casos y muertes, que ascienden ya a más de 80 millones y 1,7 millones de personas, respectivamente, en 191 países.

Las mascarillas no son peligrosas para la salud

En verano proliferaron los “antimascarillas”, que militaron en las redes sociales en contra del uso de este equipamiento médico. Según decían, pueden provocar hipoxia, infecciones y hasta inflamación pulmonar.

En estos meses, sin embargo, autoridades sanitarias e investigadores constaron que las mascarillas son una barrera efectiva. Y que su uso es seguro para la salud. La única precaución que debemos tomar es la de respetar sus consejos de uso y vida útil.

Las vacunas no matan

Ninguna vacuna provoca la muerte ni lleva asociada una tasa de mortalidad. Aunque así lo han intentado hacer creer grupos antivacunas, desde meses antes de que las farmacéuticas presentaran sus antivirales contra la covid.

La vacuna de Pfizer, la primera administrada en Europa, puede provocar cansancio, dolor de cabeza, muscular o en las articulaciones, fiebre, escalofríos, según el prospecto. En casos raros (1%), pueden tener efectos secundarios como malestar general e inflamación de los ganglios linfáticos.

La covid-19 no se ha expandido a través del 5G

Las teorías que sostienen que el 5G es nocivo son tan jóvenes como esta tecnología, que todavía se está desplegando. Pero han arraigado aprovechando la pandemia: el gancho es que se puede contraer el coronavirus al usar redes de quinta generación.

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No obstante, no hay pruebas de que haya relación entre la exposición a estas tecnologías y la salud. De hecho, expertos aseguran que es físicamente “imposible” la interacción entre las ondas de las redes de telecomunicaciones y un virus.

Las vacunas no están hechas con microchips ni tejidos de abortos

Los antivacunas también han boicoteado los antivirales contra la covid-19 afirmando que contienen ingredientes tan peligrosos como extraños.

Dicen que estos medicamentos llevan microchips, un dispositivo que a día de hoy no puede introducirse en una solución inyectable, o tejidos procedentes de abortos, cuando lo que emplean algunos medicamentos son nuevas células creadas en laboratorio, replicadas a partir de dos abortos muy concretos realizados en los años 60 en Suecia y el Reino Unido.

La vacuna de la gripe no ha propagado la covid

Antes de la campaña de vacunación de la gripe circularon mensajes que aseguraban que el contagio de la covid-19 había empezado realmente en octubre de 2019 con la inyección de vacunas contra el virus de la influenza “contaminadas”; el coronavirus, según esta teoría, habría permanecido latente en el organismo de los enfermos hasta aflorar meses después.

De nuevo, se trata de una afirmación sin fundamento científico. El SARS-CoV-2 no tiene relación con el virus de la gripe y haberse inyectado ese antiviral no aumenta el riesgo de contraerlo.

Ningún alimento puede curar la covid

Comer alimentos alcalinos con pH elevados no elimina el coronavirus ni evita su contagio, ni siquiera altera l pH de la sangre. Tampoco funciona tomar café, ajo, beber mucha agua, tomar té con bicarbonato o vitamina C. De hecho, no hay evidencia de que ningún alimento proteja contra el coronavirus.

Una sopa de murciélago no originó el virus

La paciente cero del coronavirus que originó la pandemia en la ciudad china de Wuhan no se contagió por tomar una sopa de murciélago, como predicaba uno de los bulos que estrenaron la infodemia.Aunque el origen exacto del SARS-CoV-2 sigue siendo incierto, por el momento se desconoce qué animal concreto ni en qué lugar preciso se trasmitió el virus a los humanos. Además, la OMS incide en la comida no es una vía de transmisión.

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Bill Gates no dijo que la vacuna mataría a 700.000 personas

Al cofundador de Microsoft y multimillonario estadounidense Bill Gates se le ha vinculado con la pandemia desde muchos grupos conspirativos, que le acusan de diseñar un plan para crearla y propagarla junto a otros miembros de una oscura elite mundial.

Una de las supuestas pruebas aportadas en estos mensajes es que Gates advirtió en una entrevista de que la vacuna contra la COVID-19 podría matar a 700.000 personas.

Sus palabras fueron tergiversadas: el magnate dio esa cifra para referirse a las personas que podrían sufrir algún efecto secundario (no fallecer) si se inyectaran los antivirales, no a los posibles muertos.

Ningún helicóptero ha fumigado ni va a fumigar a la población contra la covid

Finalmente, hubo helicópteros que cruzaron todas las fronteras durante la pandemia… a través de las redes sociales.

Un mensaje se repitió con formatos y palabras distintas en los países que empezaban a confinarse: aeronaves surcarían el cielo para fumigar pesticidas contra el nuevo coronavirus.

Aparecieron en España, Reino Unido, Filipinas, Sri Lanka, China… Y desaparecieron igual que llegaron: sin dejar rastro de un origen y un propósito que, todavía hoy, son un misterio.

2020 fue el año de la infodemia

Fuente: Panorama

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