Bienal de Santander premia viviendas con materiales tradicionales

Bienal de Santander premia viviendas con materiales tradicionales

El arquitecto Jørn Utzon nunca vio in situ su Ópera de Sidney acabada. Se marchó de Australia en 1966, tras el enésimo retraso en unas obras que no paraban de encarecerse y nuevas polémicas con políticos e instituciones. Llevaba nueve años desarrollando el proyecto. Y antes de volver a su fría Dinamarca,hizo escala en Mallorca. La isla le fascinó. Unos años después, en 1972, volvió para construir una casa de veraneo, Can Lis (en homenaje a su mujer), al borde de un acantilado en Portopetro.

Tuvo que venir Utzon, un extranjero de ojos azules, de sangre danesa, para rescatar la piedra de marés, puramente mediterránea, esencial en la arquitectura tradicional de la isla, pero que llevaba años relegada a gallineros y construcciones baratas. Utzon redescubrió la belleza del marés: una piedra de arenisca que cambia de color según la incidencia del sol, pasando del dorado a un bello tono rosáceo en el crepúsculo.

Posidonia (planta acuática, endémica del Mediterráneo) seca como aislante, cal en las fachadas… La isla revive su arquitectura tradicional con el proyecto Life Reusing Posidonia: 14 viviendas de protección oficial premiadas por la Bienal de Santander

En la misma época, en otra isla balear, un arquitecto francés volvía a construir como los antiguos. Henri Quillé levantó una casa-sueño para el pintor islandés Erró en Formentera, cerca de Cala en Basté. Era 1968, los hippies estaban en Ibiza y la pequeña de las Pitiusas era aún un paraíso por descubrir. Quillé diseñó una casa sobre el mar que se fundía con el paisaje, la búsqueda de un ideal: atemporal, vernáculo y autosuficiente. Quillé empezó su carrera en el despacho de Le Corbusier y fue un pionero de la sostenibilidad avant la lettre que incluso se ingenió sus propias placas solares.

Hoy, a Formentera sólo se puede llegar en barco, como en la época de griegos y cartagineses. En sus apenas 83 kilómetros cuadrados se resiste -con más o menos fortuna- a la masificación y el urbanismo desenfrenado.Formentera es mar y su arquitectura quiere volver al mar: a la posidonia oceánica que da el color turquesa-caribeño a sus aguas (las hojas altas retienen y sedimentan las partículas en suspensión, volviendo el agua más clara). Como hicieron los payeses de antaño, la posidonia seca vuelve a utilizarse como material de aislamiento. Esta vez no ha venido un Utzon o un Quillé a reivindicar la riqueza de la tierra y del pasado: lo han hecho arquitectos baleares.

En medio de la isla, en el pueblo de Sant Ferran (donde está la mejor pizza de la isla: en el Macondo), se han construido 14 viviendas de protección oficial, impulsadas por el Institut d’Habitatge de les Illes Balears (IBAVI). Es un manifiesto mediterráneo premiado en la Bienal de Arquitectura Española de Santander que arrancó ayer y que ya se llevó un Premio FAD. Este proyecto, de autoría compartida y dirigido por el mallorquín Carles Oliver -que en 2011 formó parte del equipo de rehabilitación del Can Lis de Utzon-, parte de dos símbolos de la isla: las barracas de pescadores y las higueras.

Las barracas son la metáfora de una arquitectura marítima y popular, de la necesidad, testimonio de la época en que Formentera sobrevivía casi en autarquía. En la isla apenas hay árboles, así que los pescadores aprovechaban las maderas sumergidas, que se habían caído de los barcos para construir sus barracas. Todo se reutilizaba: “En Formentera las cosas no se tiran, cambian de sitio“. Un viejo dicho de la isla.

FUENTE: El Mundo // España

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