En Barlovento se aferran a la tradición de cultivar cacao. A la frase “el cacao venezolano es el mejor del mundo” deberían anexarle que también es el “peor pagado”; al menos en Barlovento. Porque detrás de esa barra de chocolate que tanto disfrutan propios y extraños está un enorme trabajo de cacaoteros que reciben el pago de su producción a precio de gallina flaca.

Pacífico Lara tiene 80 años de edad y 60 cultivando cacao en el municipio Acevedo del estado Miranda. Él, como cientos de barloventeños, se vestía con su “ropa de ir para el monte”; agarraba machete, canasto y gancho para iniciar su ardua jornada en las haciendas de cacao. Pero por los achaques de la edad le heredó esa responsabilidad a varios de sus hijos, nietos y bisnietos.

Toda mi vida he mantenido a mi familia con el cacao”, expresa Pacífico.

Para ellos el cultivo de estas semillas, además de ser el sustento de sus hogares, es un culto. Desde pequeños todos adquieren la destreza de producir esta fruta.

Sus nietas, Scarlet –psicopedagoga- y Oscary -ingeniera civil-, licenciadas de profesión, pero cacaoteras por convicción, detallan todo el proceso que realizan para producir y mantener las haciendas activas, a pesar de no lucrarse debidamente por este trabajo.

Alegan que el principal problema del productor es el precio. En el pueblo, por cada kilo de semillas se manejan tres modalidades de pago y el precio puede variar: en dólares ($1,5); transferencia bancaria (2.200.000 bolívares); y en efectivo (1.200.000 bolívares). El producto es vendido a los comparadores que llegan a los pueblos, al mejor postor.

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Oscary explica que las autoridades del municipio “no conceden los permisos necesarios para que el cacao se puede transportar y los productores lleven su cosecha a otros sitios donde pagan mucho más”, aseguró.

Precios irrisorios

Las nietas de Pacífico afirman que una hacienda no se mantiene con un cacao a ese precio. “Nosotros debemos jalar (desmalezar), deschuponar (podar) y limpiar el pie de cada una de las matas dos veces por año. Necesitamos botas, machetes, ganchos, cuchillos, sacos, fertilizantes, abono, desmalezadoras, podadoras, motosierras», señala Scarlet.

Un sinfín de insumos que vendiendo un kilo de cacao a menos de dos dólares, no resulta productivo para poder adquirirlos.

Pacífico recuerda aquellos años de las grandes cosechas, de las que solo queda la sombra y la añoranza. “Antes había producción por cantidad, a mil matas le podías coger unos 400 kilos, hoy si le agarras 50 kilos es mucho, es decir, si acaso producimos 10% que en años anteriores”, afirma.

Cree que además de la falta de insumos que no reciben del Estado, lo que ha mermado la producción es el clima porque “en estos últimos años no hemos producido por falta de agua, no ha llovido como es debido”.

“El cacao para mí es todo, ese es mi sustento”, recalca Pacífico, quien afirma que es su única fuente de ingreso, además de la irrisoria pensión que le otorga el gobierno. El productor señala que sin dinero no se puede cosechar como es debido, pues el precio del cacao no da para hacer el mantenimiento de una hacienda, mantener a una familia y pagarle a empleados.

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A pesar de eso, ahí sigue, batallando por continuar cosechando. Le gustaría tener su hacienda al 100%, pero la producción no da para tanto.

El gobernador del estado: un gran cacao

Oscary asegura “que el gobernador que nos gastamos, Héctor Rodríguez, se ha convertido en un gran comprador de cacao, él compra y exporta, es el que se encarga de fijar el precio”. Cuando el comerciante privado establece un monto para la compra, el gobierno de Miranda hace presión para bajarlos porque pocos productores les venden, ellos ofrecen un precio muy bajo y “pagan cuando les da la gana”.

Es por ello que prefieren venderles a comerciantes particulares quienes ofrecen un poco más. “Ya la compra del cacao se convirtió en una mafia, muchas veces las compras se paralizan y no encontramos a quién venderle”, asevera Oscary.

Cuesta demasiado producir, el trabajo de campo es fuerte. Ser productor no es solo sembrar y cosechar; es una labor exigente porque las haciendas son trabajadas a diario para que puedan rendir adecuadamente.

La satisfacción de los cacaoteros

Por su parte, Scarlet relata la satisfacción que siente con su trabajo como cacaotera. “Uno se enamora. Cuando tú siembras ese granito de cacao en la bolsita, espera a que crezca en un periodo de seis meses, luego lo trasplantas a tu hacienda, lo cuidas, lo limpias y en cuatro años te da sus primeros frutos, es una sensación que te llena, es una labor que hago con mis hijos, esa es la ventaja que tiene la mata de cacao, dura muchos años y es la herencia de ellos”.

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Debido al bajo precio, ellos también elaboran ocasionalmente las “bolitas de cacao” lo hacen en vasitos o tabletas; y lo ofrecen en otras ciudades para obtener ingresos adicionales, ya sea en dinero o en otros rubros. También realizan postres, todo para sacarle el máximo provecho a su producto.

La familia asegura que siguen cosechando gracias a la nobleza de las plantas, que a pesar de tener muchos años continúan firmes. Afirman que seguirán trabajando para que no se pierda lo que tanto ha costado construir y que la generación de relevo sientan el mismo amor que tienen ellos. Todo sea por continuar manteniendo su institución familiar que, a pesar de todo, sigue dando frutos.

En Barlovento se aferran a la tradición de cultivar cacao

Fuente: Tal Cual Digital

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