¿Odias los lunes?

Es una pregunta que parece obvia. Todo el mundo odia los lunes… ¿o no?

Es una de esas cosas que, de tanto repetirlas, se han convertido en verdad aceptada. Porque… ¿a quién le gusta de verdad pasar ocho horas al día encerrado en un trabajo que no le gusta, para juntar un dinero que no le alcanza y esperar el fin que es demasiado corto?

Así que… ¿Garfield está en lo correcto: los lunes apestan? Por lo menos, para muchos.

Pero no tiene que ser así. Tú puedes amar los lunes. Y cuando lo hagas, tu mundo habrá cambiado por completo.

Un viaje sin mapa

Esta es una ley del universo: Odiamos los lunes cuando nuestro trabajo carece de propósito. Es horrible levantarse a las cinco de la mañana, agotados y tener que preguntarnos “¿y para qué es todo esto? ¿Es esta mi vida?”

Y créeme, no se trata solo del tamaño de tu cheque o la cantidad de tu bono. Conozco millonarios que odian también los lunes, igual que miles de empleados de todos los niveles.

Conozco, también, personas en trabajos sencillos que aman los lunes. Personas con puestos altos que adoran los lunes y personas con negocios, que también esperan los lunes con una sonrisa expectante.

No se trata del dinero. Se trata del propósito.

El propósito es aquello que nos mueve, que nos empuja, que nos llama: es la cima, el sueño, la visión, la esperanza, la razón y el fin. Es nuestra misión. Las personas con propósito aman los lunes. Las personas sin propósito los aborrecen. ¿Qué se puede hacer?

Un alto en el camino
Es hora de hacer un alto en el camino; una pausa voluntaria -antes de que exista una pausa forzada por agotamiento o enfermedad- para plantearnos algunas preguntas serias.

Son solo tres preguntas. Tómate una tarde o un fin de semana. Tómate, aunque sea, una hora. En vez buscar un escape sencillo en Netflix o en un bar, encuentra un espacio tranquilo y atrévete a tomar la decisión de pensar.

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Después aborda estas tres preguntas.

¿Soy feliz?
¿Estoy donde debo estar?
¿Sé a dónde voy?
Pueden ser preguntas difíciles. Pero no te asustes. Muy en el fondo, sabes la respuesta. Cuando eras niño, sabías lo que querías -querías ser astronauta o veterinario o guerrero-, pero la vida pasó y ahora estás en un trabajo y en un lugar que no te llenan del todo.

Tienes un vacío en el alma que no sabes cómo llenar. Probablemente ese vacío se manifiesta en otras partes de tu vida: en tu familia, en tu cartera, en tu salud. Hay que hacer algo. Pero, a diferencia de cuando eras niño, hoy no hay nadie que pueda decidir por ti. Tienes que hacerlo tú… y cuanto antes, mejor.

Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es “no”, es hora de moverse. Es hora de plantearte un proyecto distinto, para retomar el camino que te lleve a donde quieres estar. Quizás esto te lleve un año, cinco años o diez años. ¿Te parece mucho? Igual en diez años vas a ser diez años más viejo. La pregunta es si quieres, entonces, ser feliz, o seguir en este espacio que no es el tuyo.

Un nuevo mapa

Así que dime. ¿En dónde quieres estar? ¿Cuál es tu misión?

Que no te asusten las preguntas si te parecen filosóficas. Son preguntas normales, que todos los seres humanos tenemos que hacernos. Las personas exitosas en todo sentido (no solo el económico) son personas que encuentran su misión y la siguen con propósito: son personas que están en su elemento, en el lugar en donde les toca estar.

Es hora de construir tu mapa.

Dime, primero, a dónde quieres llegar. Eso… lo decides tú. Quizás quieres emprender, o tener más dinero, o ser más feliz, o pasar más tiempo con tu familia, o viajar más. Deja de huir de ti mismo y comprométete con tu propia visión. Sé honesto y di: yo quiero esto. Puede ser lo que quieras: eres totalmente libre. Es tu mapa. Puedes elegir ir a “China” o a “Paris”. No importa si ese lugar está cerca o lejos. Lo importante es que empieces a caminar.

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Una vez que has decidido a dónde vas, toca decidir cómo vas a llegar. Y para avanzar en este mapa, tenemos dos armas poderosas: nuestro vehículo y la gasolina.

Tu vehículo son tus talentos.

La gasolina estará hecha de tus pasiones.

Así que la regla es simple: para llegar a China hay que dirigirse a China; tener un buen vehículo y ver que no falte la gasolina. Tan seguro como que mañana sale el sol; quizás en un año o quizás en diez: vas a llegar a China. Te lo garantizo.

No es hora de tirarse al vacío

No se trata de que renuncies a tu trabajo y abandones a tu familia. Al contrario. Se trata de que empieces a amar los lunes.

Si estás dispuesto a hacerlo, empieza explorando tus talentos y tus pasiones.

Quizás siempre has amado pintar; o la carpintería, o dar clases. Quizás tienes un talento para la música o para las ventas. Los talentos son aquello que haces bien; mejor que los demás y con más facilidad. Todos tenemos talentos y no es falta de humildad conocerlos y reconocerlos.

Los talentos son una pista importante sobre tu misión: tus talentos son tu vehículo. Tus talentos te van a llevar más lejos si los aprovechas. Si te subes a un vehículo distinto quizás avances, pero será mucho más difícil. Tus talentos son únicos: son solo tuyos.

Las pasiones son las cosas que amamos, que nos encantan y en las que podemos pasar horas sin perder el impulso. Son las cosas en las que podemos perder horas enteras sin darnos cuenta.

Así que, sin dejar tu trabajo, empieza inmediatamente a explorar tus talentos. Deja de huir por las noches y en los fines, buscando entretenerte o distraerte. En cambio, inscríbete a esa clase, toma ese taller, súmate a ese club y explora tus talentos. Conocerás nuevas personas que te enseñarán mucho y te valorarán más.

Tus ojos se abrirán y empezarás a ver oportunidades donde no las había antes. Oportunidades de proyectos, de caminos, de negocios.

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Cuando el tiempo sea correcto, empieza un negocio que involucre tus talentos y tus pasiones. Abre esa pastelería, organiza esa clase, desarrolla ese invento, escribe ese libro. No tienes que empezar grande. Empieza pequeño, busca tu mercado y encuentra tu nicho. No dejes tu trabajo aún, pero empieza a crear un negocio lateral que te apasione, aproveche tu talento y vaya generando flujo económico.

Camina, camina, camina

Solo hay una regla aquí: el dinero que genere este nuevo negocio (TU negocio, que solo puedes hacer TÚ), ¡no lo agotes en gastos corrientes! Invierte todo en tu mismo negocio o en algún tipo de inversión. Aunque sean cien pesos; mil pesos; diez mil pesos. No te lo gastes en ir de vacaciones o en unos tenis. Este dinero no es “extra”, sino que es tu futuro.

Este dinero es una bola de nieve. Deja que tu sueldo cubra tus gastos y no te endeudes más. El dinero de TU negocio es para invertir en tu futuro y el de tu familia. Sigue caminando.

A los pocos años (en mi experiencia, entre dos y cinco años) tendrás una opción: por primera vez, un verdadero soplo de libertad:

Dejar -por fin- tu trabajo para dedicarte 100% a un proyecto que amas, que está en tu elemento y que ya ha ido creciendo.
Seguir trabajando y mantener tu negocio lateral, mientras formas un patrimonio revolvente que te dará tranquilidad financiera.
En cualquiera de los dos casos, te prometo algo: habrás descubierto que tienes elección: que no estás amarrado a esa corbata y a ese cubículo. Podrás ayudar más a tu familia y a tus amigos. Te sentirás libre: habrás descubierto que puedes hacer tu mapa y caminar con propósito. Estarás haciendo lo que disfrutas; cobrando por hacerlo y, sobre todo… amarás los lunes.

A fin de cuentas, puedes vivir esperando el viernes para escaparte; o, en cambio, forjar una vida de la que no necesites escapar.

FUENTE: Entrepreneur/Francisco García Pimentel/Crédito: Despositphotos.com

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