“Ya hay tecnología para trabajar sólo veinte horas a la semana”

“Ya hay tecnología para trabajar sólo veinte horas a la semana”

La digitalización está aumentando la desigualdad?

En el 2006, observamos que la desigualdad aumentaba en los polos de innovación mundial: California; Oxford-Cambridge Arc; Tel Aviv-Haifa-Jerusalén y Bangalore.

¿Cómo?

Vimos que la innovación acelerada polarizaba los sueldos y concentraba los mayores en un núcleo de directivos e ingenieros, mientras que los del resto de los empleados acababan siendo muy bajos. En suma, desaparecía la clase media de los centros de producción.

¿Por eso los proletarizados radicalizan su voto?

Lo único nuevo que ha pasado desde entonces es que esa tendencia se ha masificado.

Entonces, ¿sólo habrá una elite bien pagada y el resto tendrá que malvivir?

Eso ya no lo comparto. Porque esa tendencia se puede contrarrestar con políticas. Por eso, no me gusta hablar de la sociedad de la información, sino de la del conocimiento.

¿No son similares?

Nada que ver. En la sociedad del conocimiento, la innovación se pone al servicio del progreso social y no sólo al de una elite. Y eso incluye la protección del planeta. Veamos: el agua necesaria para lograr un filete equivale al consumo diario de 10.000 personas.

Es excesivo.

Pero ya podríamos conseguir ese filete con ingeniería genética. Y preservar el medio. Segunda línea: la comunicación. Ya no hay un poderoso que comunica con todos, sino que ahora todos comunican con todos. Y eso implica que el conocimiento pasa a ser abierto.

¿O banal? ¿Desinformación y fake news?

Lo que sucede es que a esa hiperconexión también acceden nuevos públicos que no siempre tienen capacidad de discernir.

¿Quien carece de contexto traga bolas?

Las mentiras no cuelan si se facilita el acceso al conocimiento –educación de calidad– y no sólo a la información. El otro día me invitaron a hablar sobre amenazas del futuro y los taxistas se quejaban de Uber.

Lógico.

Pero ese no es su verdadero enemigo. Deberían prepararse para que dentro de 10-15 años sólo haya coches automáticos dentro de circuitos cerrados. Será el fin de los conductores, pero también de los accidentes.

¿Y de los semáforos?

No habrá ni semáforos ni farolas que no sean inteligentes. ¿Sabe qué cuesta un sensor que haga inteligente al semáforo y la farola?

Usted es el ingeniero.

Sólo 60 céntimos. Con él y leds de baja potencia, la intensidad lumínica de todo alumbrado público se adaptará a la luz de cada momento. También la ropa será inteligente. Basta de regular la calefacción: la ropa nos regulará la temperatura. Todas las cosas hablarán con todas y se adaptarán a los cambios del medio.

¿Cómo?

Los robots diseñados en la Universidad de Sydney detectan malas hierbas y las arrancan. Son capaces de ver si las plantan necesitan más abono o agua y se los proporcionan.

Le veo tecnooptimista.

Soy tecnorrealista. El debate ya no es contrato temporal o fijo sino reducir las 40 horas semanales a 20. Los robots pueden liberarnos ya de la mitad de nuestra jornada.

¿Y se lo ahorrarán los patronos?

Los robots pagarán también esa parte de nuestros impuestos que tasaba nuestro trabajo. En vez de grabar los kW fiscales, grabaremos los bytes de la inteligencia artificial.

Mire lo que está costando tasar a Google y las demás plataformas por lo que ganan.

Vamos a ver: la obsesión ahora es robotizar las fábricas, pero ¿para qué? ¿Sólo para hacer lo mismo más rápido y a menor coste?

¿No sería suficiente con conseguir eso?

Hay que utilizar la tecnología, ya la tenemos, para reinventarse de nuevo, que es donde aparecen los smart products, las cosas inteligentes de que le hablaba. Pero hay que adelantarse. El país que compre lo que inventan los demás quedará atrás. Quien innove, gana.

¿Y los empleos que desaparecen?

Se van creando otros. El contable de toda la vida pasa a ser controller, que es quien analiza las consecuencias de los números. Y aparece un analista de la información, que es quien adapta los procesos a lo que dicen los big data.

¿Qué harán los taxistas, por ejemplo?

Surgen nuevas oportunidades cuando se acaban otras. El reparto de la compra por internet desde almacenes de proximidad (plazas de parking que no se usan), por ejemplo.

¿Y eso dará mejores salarios o serán tan bajos como los de plataformas digitales?

No hay que mirar tanto el salario como la renta disponible y nuestro problema es la congelación de los precios de los servicios básicos que controlan ciertos monopolios con el beneplácito de las elites políticas.

¿No ve peligrar el empleo como medio de incluir económica, social y políticamente?

Tenemos que anticiparnos al cambio de modelo para financiar las políticas públicas de inclusión, como la sanidad o la enseñanza, y evitar los guetos.

¿No lo estamos haciendo?

Seguimos aplicando recetas antiguas a los problemas de hoy, cuando ya tendríamos que estar aplicando las del mañana.

FUENTE: La Vanguardia : España / Luìs Amiguet / Antoni Garrell

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